Espacios turísticos, espacios con turistas

En la compleja geografía actual, podemos identificar espacios con turistas y espacios turísticos, pero ya no hay espacios sin turistas. Una de las mutaciones más sorprendentes del turismo contemporáneo es su insaciable capacidad colonizadora. No hay ningún espacio que pueda proclamar su inmunidad. Los centros comerciales de Canadá, las fabelas de Río, las minas abandonadas o las islas desiertas… todos los lugares (incluso los no-lugares) han sido engullidos por las nuevas migraciones turísticas.

Sólo algunos de estos espacios asumen la condición de espacios turísticos. En ellos, el turismo ha modelado una estructura territorial específica que deforma la estructura precedente y crea signos turísticos que el visitante reconoce como tales. Una de las paradojas más curiosas de estos espacios turísticos es que aunque se esfuerzan en presentarse como lugares únicos, como escenarios alternativos a los destinos en competencia, deben organizarse de acuerdo a una serie de parámetros universales.

No se trata sólo a la organización estándar de los hoteles o la aparición de firmas transnacionales (Hilton y Sheraton, Hertz y Avis, McDonald’s y Burger King, Disney y Warner Bross), que crean en cualquiera de estos espacios una sensación de dejà vu. De hecho, las reglas del juego territorial de los espacios turísticos son mucho más rígidas de lo que su aparente diversidad parece sugerir.

En primer lugar, los espacios turísticos son espacios fragmentados que rehuyen la lógica compacta de las ciudades tradicionales y adoptan la forma de un espacio mosaico (urbanizaciones, hoteles, camping, parques acuáticos, cada uno con su propia lógica espacial). Seguramente como consecuencia de eso, los espacios turísticos tampoco se estructuran a partir de un centro, sino que en la mayoría de casos son sólo periferias sin centros (son según el término de Soja exópolis, “ciudades sin”). En tercer lugar, los espacios turísticos (Cancún o Lloret, Escaldes o Las Vegas) rompen los límites entre el espacio público y el espacio privado, entre el escenario de socialización y el escenario de la intimidad. Pero seguramente la lectura espacial más evidente de los espacios turísticos es la negación del territorio en el que se sitúan. Estos complejos estándar no tienen una conexión funcional o estética con el espacio que les rodea; son literalmente utopías (ou-topós, sin lugar) porque no han crecido en el territorio, sino a pesar del territorio.

Volvamos a los espacios con turistas, Éstos se presentan a sí mismos como baluartes de la autenticidad, porque la presencia de turistas no ha alterado de forma significativa la estructura territorial del lugar. Con todo, esta inmunidad es sólo aparente. En los espacios con turistas, los visitantes consumen sólo una ínfima parte del territorio (la medina de Túnez, el triángulo Pont Vecchio – Duomo – Uffizi, la ciudad antigua de Cáceres o Girona…). En un proceso que sigue la tensión “frente-dorso” descrita por Goffman, los residentes abandonan estos espacios de consumo turístico (el frente) y se refugian en el espacio “real” (el dorso), lejos del afán voyeurista de los turistas. Y estos frentes turísticos (desprovistos del elemento básico de la ciudad, que son los ciudadanos) devienen sólo la re-producción de la imagen que proyectan para su consumo efímero.

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