La geografía del turismo industrial


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Los espacios industriales han sido durante buena parte del siglo XX espacios proscritos o, si se quiere, “espacios al margen” si utilizamos el término de Rob Shields. El modelo social weberiano distingue entre el espacio de trabajo (rutinario, despersonalizado, gris y monótono) y el espacio de ocio (excitante, singular y estimulante). Los espacios de trabajo eran, por definición, espacios deshumanizados, concebidos como entornos al margen de la vida social y personal.

La desindustrialización ha creado la paradoja de una nueva identidad de los viejos espacios industriales. Ahora, estos espacios al margen han asumido la condición de objetos turísticos que pueden ser consumidos como espacios de ocio, como ámbitos de recreación. En su estudio sobre el turismo post-fordista, Urry ya identificó la importancia de esta mutación social, territorial y simbólica, en la que los espacios periféricos de la industrialización eran absorbidos por la geografía del turismo.

Esta compleja intersección entre espacio laboral y espacio de ocio ha sido posible a partir de cuatro procesos complementarios, que se combinan entre sí:

1 . En primer lugar, existe una refuncionalización. Los espacios industriales son desprovistos de su condición inicial de ámbitos productivos y reconvertidos en ámbitos recreativos. Hay un cambio de uso, pero también de significado y de interpretación. En cierto modo, los antiguos espacios son ahora nuevos espacios porque la reconversión social de su uso ha transformado de forma absoluta su esencia.

Aún así, existe una tendencia creciente a la creación de espacios mixtos en los que la función productiva y la función recreativa no son excluyentes. Pienso por ejemplo en el complejo de Kellogg’s (con más de un millón de visitas anuales), el proyecto vanguardista de Volswagen Autostadt (a medio camino entre parque temático, espacio comercial y ámbito productivo) o la creación de un complejo productivo y residencial a Marnée la Vallée a partir de la centralidad de Disneyland París.

2. En segundo lugar, los viejos espacios industriales apelan a la autenticidad o, si se quiere, a la identidad. Este hecho es igualmente paradójico, puesto que la mayoría de espacios industriales nacieron como ámbitos desligados simbólica y funcionalmente de los espacios residenciales y recreativos. El paisaje de la industrialización es en esencia un paisaje opuesto (y, por lo tanto, inauténtico) al espacio residencial y recreativo los siglos XIX y XX. Por el contrario, la desindustrialización ha otorgado la condición de auténticos a los espacios industriales en declive. Este proceso es consecuente con las nuevas concepciones de la autenticidad, que ya no es objetiva, sino simplemente un proceso de construcción social.

3 . La mayoría de espacios industriales basan su estrategia en la museización de sus contenidos. En cierto modo, los espacios industriales son presentados en una versión fosilizada, en la que se preservan los elementos del pasado para un consumo turístico y recreativo (Edwards y Llurdés). En algunos casos, este proceso está emparejado con la representación teatral (living history) de las formas de vida y los procesos industriales.

La alternativa del modelo de los espacios museo es la capacidad de crear entornos vivos, en los que la identificación y valorización de los atributos industriales es un factor de atracción de nuevas actividades (comerciales, residenciales, de búsqueda e incluso productivas), que permite una nueva versión “real” de los antiguos espacios industriales.

4 . En la mayoría de casos, los espacios turísticos industriales son presentados en términos de singularidad, de ofertas específicas y únicas que se enmarcan en un modelo turístico post-fordista. Por el contrario, el análisis de las formas que toma el desarrollo del turismo industrial demuestra que prevalece un comportamiento estandarizado.

Ésta es una cruel paradoja. Los espacios industriales en declive son, cada vez más, una versión masiva de los principios de reconversión de los espacios industriales que fueron diseñados en la Inglaterra tatcheriana. Asistimos no sólo a los mismos espacios de interpretación, los mismos criterios de rehabilitación o los mismos usos turísticos (que genera en muchos de estos ámbitos una desagradable sensación de deja vu); también la valoración social de lo que es importante, lo que es perservable y lo que es prescindible responde a un criterio que hemos importado y que se ha generalizado de forma universal. Seguramente, es necesaria una segunda fase del turismo industrial que facilite los procesos de singularidad por encima de los procedimientos (y las estéticas y las empresas) homogéneos.

5 . La progresiva reducción del ciclo de vida de los productos que detalla con mucha precisión Rifkin ha revolucionado de manera decisiva la industria turística y también los modelos de planificación territorial de los productos turísticos. Ahora sabemos que los nuevos modelos turísticos deben tender a ofertas flexibles y progresivas que puedan incorporar nuevas versiones del diseño del producto y que puedan hacer compatibles la identidad del turismo industrial con la capacidad de renovación constante de las formas y los contenidos de estos escenarios.

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