Literatura viajera


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La literatura ha integrado con frecuencia los viajes en su estructura narrativa. Muchas de las obras basadas en relatos de viajes son herencia del mítico periplo de Ulises hacía Ítaca. Son evidentes las coincidencias entre el espacio recorrido y los episodios de la novela, de manera que la narración sigue un recorrido de carácter geográfico. Cada nuevo puerto, cada isla encontrada, cada ciudad descubierta es una nueva historia dentro de la historia, de manera que el pulso narrativo está marcado por la secuencia del viaje. La literatura de viajes es también heredera de esta tradición pero, a diferencia de la obra de Homero, reproduce una vivencia real, que es la del propio escritor. Podríamos considerar que los libros de viajes son una forma de literatura en la que el narrador es, a la vez, personaje de la narración, de manera que su vivencia adquiere una forma literaria, pero también cronística. El viajero relata aquello que ha vivido o que considera que ha vivido.

La principal característica de los libros de viajes es la construcción de narraciones sobre relatos ya escritos. Los textos se sustentan en relatos del pasado, de manera que el resultado final es una obra colectiva, una narración intertextual. Por eso, muchos viajeros tienen tendencia a reproducir la experiencia relatada por otros viajeros, aunque es cierto que muchos de ellos buscan los caminos menos concurridos para construir historias inéditas.

La influencia de estas narraciones en el turismo es relevante. Las descripciones contemporáneas de los lugares están frecuentemente inspiradas en algunos de estos relatos y inciden en la forma turística de mirar los lugares . Además, contribuyen a crear una concepción narrativa del viaje y favorecen la organización de recorridos turísticos.

2 comentarios

  1. Y es que ya lo dijo Konstantino Kavafis hace unos cuantos años en un maravilloso poema:

    “Si vas a emprender el viaje hacia Ítaca
    pide que tu camino sea largo,
    rico en experiencias, en conocimiento…”

    Sin embargo, cuando se habla de literatura de viajes, no puedo dejar de pensar en que a veces puede llegar a resultar hasta perjudicial para el destino glosado. No hay mas que ver por ejemplo lo que eran los Sanfermines hasta que Hemingway los popularizó con su consiguiente masificación o la experiencia de un paseo en góndola por Venecia reconvertida en un monumento kitsch: dos ejemplos en los que el viajero no busca tanto conocer un destino sino hacer allí bueno el tópico que le han contado.

    Eso nos llevaría a la eterna discusión entre lo que es un viajero y lo que es un turista , “pero esa es otra historia y merece ser contada en otra ocasión….”

    Un saludo

  2. Ése es el poema con el que empezamos a navegar los clan-destinos.

    El debate sobre los efectos de la literatura (o el cine) en los destinos merece un post.

    Gracias por seguirnos

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